He retrasado hasta ahora la contestación a tus dos cartas, que me entregó nuestro amigo Moro, porque una ocupación de palacio, semejante a la disciplina castrense, me reclamó totalmente estos días, de modo que no sólo no me permitió escribir, sino que ni ojear siquiera un solo libro.
2. Habiendo hecho la reina un viaje por aquí y yendo juntamente con ella el rey en persona –atreviéndose a despreciar la vieja superstición, según la cual estaba prohibido que los reyes entraran en esta ciudad–, cuando ya estaba aquí, aquella bonísima y santísima matrona me preguntó, ¿cuándo pasaría más de un día en la corte? Pues anteriormente cuantas veces visitaba el palacio real o me volvía a casa esa misma noche o al menos al día siguiente, acordándome del antiguo refrán: “Huye de tal forma que no pases más allá de tu choza”. 3. Ella quería que permaneciera más tiempo en la corte, porque nada le contenta tanto como conversar conmigo acerca de las Sagradas Letras, de las virtudes morales, de la vida y de lo que en ella se hace bien o mal. Le prometí que estas vacaciones de Navidad y Epifanía del Señor estaría continuamente en un palacio, y así lo hice en el castillo de Windsor, que dista de Londres unas veinte millas. 4. Presencié los alborotos, el ruido y mucha clase de festejos; juegos de dados y de cartas, toros y osos lanzados contra hombre tímidos, camellos que incluso bailaban, canciones de toda clase de música, danzas, comedias, cenas espléndidas, frecuentes convites. ¿Quién podría tener tiempo para leer y escribir en medio de todo esto?
5. Y sin embargo, a ratos mantenía conversaciones de filosofía con la reina. Confieso no haber visto nada tan puro ni tan cristiano como su alma. Ültimamente cuando íbamos en barca a un monasterio de sagradas vírgenes para los divinos oficios, recayó la conversación sobre la prosperidad y la adversidad de la presente vida. Ella me dijo: “Si fuera posible, yo desearía una vida mezclada y moderada de las dos cosas. No querría sólo adversidades, pero tampoco sólo prosperidad. Y si fuera preciso desear una de las dos cosas, preferiría que todo me sucediera áspero y desabrido, que no todo muy feliz; pues me parece que los hombres desgraciados necesitan consuelo, los que rebosan felicidad, cabeza.” ¿Quién no respetará y se rendirá lleno de admiración ante un pecho tan noble? Así de ella y de su marido tengo muchas palabras pronunciadas en otras ocasiones, muchas de las cuales las daré a conocer a su tiempo.
6. Ayer volví a mis libros y a mis estudios, mas me temo que también a mis enfermedades. Háblame tu muy amigablemente de Demócides, como también de todo lo demás; sepa él que yo no tengo necesidad de médicos, sino de aire más puro, como el que tenéis en Flandes –¡felices mortales!– o en Brabante, en la argéntea Malinas o mas bien en la encantadora Brujas. Saluda a Goudano, cuando vuelva, y por su medio al de Nimega, si no puede ser de otro modo.
7. Lo que me dices que hay en este tiempo quienes pueden comprobar su conducta y con sus bienes aquella frase de Pirro, de que hay hombres para quienes la prudencia es una superstición inquietante o un tesoro sin labrar, es la plena verdad. Y no faltan quienes quieren emular las hazañas del primero de los Dionisios, sin abstenerse de sus palabras, y profesar la religión tan perversamente que piensan que toda la verdadera religión consiste en el desprecio de toda religión. Pues de Alemania, que me alegro de verdad de vivir en esta parte del mundo tan alejada, a donde nos llegan estas noticias muy rara vez, con más retraso y en menor número. 8. De Vasanaro había oído hablar hace ya tiempo; pero si los sabios discurrieran o quisieran escuchar mis consejos, ciertamente que los que tratan de labrarse una vida gloriosa para el futuro eterno con muertes e injurias a la humanidad, se engañarían grandemente y su recuerdo sería más oscuro que el cualquier cochero o zapatero (…) En fin el corazón del rey está en manos de Dios. Queda contestada tu primera carta.
10. La segunda, que sin embargo tenía fecha anterior, contenía delicadezas nacidas del amor que me profesas; pues decías en ella con toda verdad que nuestra amistad era más firme como para necesitar de esa apoyatura de las cartas. Por lo que a mí se refiere, no sé lo que me puede reservar el futuro; pero es tan entero el amor que ahora te tengo, que me parece que la memoria de Cranevelt no puede borrarse de mi espíritu, aunque por muy largo espacio de tiempo tuviera que vivir entre los escitas y las sirtes sin ninguna carta tuya. Pero esto entre nosotros es ya cosa vieja, como así debe ser.
11. Saluda de mi parte al señor Knickt con el mayor afecto. Es un hombre muy digno de toda clase de alabanzas y que me quiere muchísimo. No te engañes con la idea de que he dejado de amarle; aunque a decir verdad no sé cómo puede envilecerse un sabio tratando con hombres de gran prestigio y además de egregia cuna, como si les pareciera a ellos inferior y más despreciable la elevación de su linaje que la convivencia con él y su mecenazgo, por atribuir más nobleza al linaje que al talento. 12. Y lo que Horacio dijo de Virgilio, no está por debajo de un hombre de pro el ser tomado por amigo por un poderoso, mientras sea digno y tratado con cautela. Estos no fueron honrados por el amor extraordinario que mutuamente se tenían, sino porque agradaron al señor, que pudo distinguir al honrado y noble del ruin y villano, no por su origen genealógico, sino por la pureza de su corazón.
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Oxford, 25 de enero de 1524











